Fotografia: Fabian Cano
Departamento de Casanare (Colombia)
Un viaje entre cacao, sabana y hospitalidad
Hay viajes que se recuerdan por un monumento, una fotografía o una comida especialmente memorable. Y hay otros que permanecen por algo más difícil de explicar: la sensación de haber entrado, aunque sea por unos días, en el ritmo de un territorio y en la manera de vivir de sus habitantes. El motivo del viaje a la ciudad de Yopal, capital del departamento de Casanare, fue la celebración del 8.º Seminario Internacional de Cacao, organizado por la Federación Nacional de Cacaoteros de Colombia, los días 3 y 4 de septiembre de 2026.
Así mismo, el seminario contó con la participación del Dr. Antonio Santos del Valle, presidente de Turismo y Sociedad, con la conferencia Del cacao a la experiencia turística: oportunidades para Colombia en el mercado turístico internacional. Durante su intervención planteó la necesidad de transformar el cacao colombiano en una experiencia turística diferenciada, capaz de competir en los mercados internacionales a través de rutas, visitas a fincas, catas, gastronomía, cultura local y encuentros directos con las comunidades productoras.
La propuesta subrayó que el turismo no sustituye la actividad principal, que es la producción de cacao, sino que puede convertirse en un complemento estratégico: genera nuevas oportunidades de ingreso, pone en valor el trabajo rural y acerca al visitante al origen, la calidad y la identidad de uno de los productos más representativos de Colombia.
Por tanto, el cacao fue el punto de partida, pero los Llanos colombianos terminaron mostrando una realidad mucho más amplia: naturaleza generosa, cultura llanera, sabores honestos, música, conversación y una hospitalidad que convierte al visitante en parte de la historia.
El seminario situó al cacao en el centro de conversaciones necesarias sobre turismo, biodiversidad y transformación sostenible. Sin embargo, al salir de las sesiones y mirar alrededor, resultaba evidente que el departamento de Casanare, y Yopal, su capital, poseen la materia prima para ofrecer al viajero una experiencia mucho más completa que la de asistir a un evento: la oportunidad de descubrir un destino vivo.
Yopal es una ciudad de llegada, de encuentros y de movimiento. Desde el primer momento se percibe su condición de puerta de entrada al Llano. Aquí convergen quienes vienen por trabajo, negocios, naturaleza, ganadería, cultura o descanso; también quienes desean comenzar una ruta hacia lugares donde la sabana parece no tener final. Pero Yopal es, al mismo tiempo, una ciudad que observa de frente a la montaña, y esta condición no es una excepción: se repite en 12 de los 19 municipios que conforman el departamento de Casanare, un dato que desmiente la idea de un territorio hecho únicamente de sabana. La ciudad conserva una energía cercana y directa. No necesita grandes edificios ni artificios para llamar la atención: basta caminar, conversar con sus gentes y dejarse llevar por el ambiente cálido y seguro de sus calles para entender que este es un lugar que crece con identidad.
El clima, la amplitud del cielo y la presencia constante de la llanura crean una atmósfera singular. En Yopal el amanecer invita a comenzar pronto el día, y el atardecer transforma el horizonte en una sucesión de colores dorados, naranjas y rojizos. Son momentos que ayudan a comprender por qué la cultura llanera encuentra en el paisaje una fuente constante de inspiración. No se trata únicamente de una geografía; es una forma de sentir el tiempo, de relacionarse con el entorno, de valorar la distancia y de saber escuchar el silencio.
Gracias al Seminario Internacional descubrimos que la gastronomía fue una de las grandes puertas de entrada a esa identidad. Comer en Casanare es acercarse a una cocina que nace del campo y que conserva el sabor de lo hecho sin prisa. La carne, los productos de la finca, el plátano, la yuca, las frutas y el cacao forman parte de una mesa que habla del territorio. En cada comida aparece el valor de los ingredientes sencillos y bien tratados, acompañados siempre de conversaciones largas. El visitante entiende pronto que la experiencia gastronómica no se limita al plato: incluye las historias de quien lo prepara, el origen de los alimentos y la generosidad de compartirlo con otros.
El cacao, naturalmente, estuvo presente de distintas maneras. En el contexto del seminario, dejó de ser solo una semilla o un producto comercial para convertirse en un relato de familias rurales, conocimiento acumulado y posibilidades de futuro. Probar una bebida de chocolate preparada con cacao de la finca, conocer los frutos y hablar con quienes trabajan la tierra permite valorar de otra manera cada tableta, cada aroma y cada sabor.
Una de las experiencias más significativas de este viaje fue conocer la propuesta de turismo rural y de naturaleza que se desarrolla en el departamento. Casanare sorprende por la diversidad de ambientes que pueden encontrarse en relativamente poca distancia. La imagen clásica de la gran sabana es real y poderosa, pero no es la única. El territorio reúne esteros, lagunas, bosques de galería, ríos, piedemonte, bosques de niebla y páramo que revelan otro rostro por descubrir, además del famoso Llano. Es un destino para observar, escuchar, caminar, respirar y aprender a mirar con mayor atención.
En esa aproximación a la naturaleza, una de las propuestas más destacadas es Paseo por las Nubes Birding Lodge, en el municipio de Chámeza, que muestra cómo el turismo puede convertirse en una herramienta de conservación del entorno. El camino hacia esta zona permite dejar atrás el paisaje abierto y acercarse a un ambiente más húmedo, verde y envolvente. El bosque de niebla, situado a unos 2.000 metros sobre el nivel del mar, tiene una belleza silenciosa. Allí las nubes bajan a niveles impensados, permitiendo al visitante tomar auténticos baños de nube, y el sonido de las aves acompaña cada momento del recorrido. El entorno envuelve al visitante de vida, naturaleza y sonido.
Aquí descubrimos que esta experiencia no está diseñada únicamente para especialistas en observación de aves. Es, sobre todo, una oportunidad para recuperar la curiosidad y descubrir que aún existe la paz.
El visitante aprende a detenerse, escuchar y descubrir detalles que habitualmente pasan inadvertidos: un canto lejano, un movimiento entre las ramas, una huella o una planta que solo puede apreciarse cuando se camina despacio. En este lugar se han identificado tres especies de aves endémicas de gran importancia para Colombia, y se protege un ecosistema vulnerable que durante años estuvo sometido a la presión de actividades forestales y ganaderas.
El proyecto ha adquirido y conservado 23 hectáreas de bosque de niebla, creando alojamientos y rutas vinculadas al aviturismo. Esa decisión transforma el viaje en una experiencia con sentido. Dormir en un lodge construido con madera reciclada, proveniente en buena medida de árboles caídos de forma natural, no es un detalle menor; es una declaración de respeto y amor por el entorno. La energía fotovoltaica, la gestión del agua, los senderos y la participación de la comunidad muestran que la comunidad y el lujo pueden convivir con una relación equilibrada y responsable con el paisaje.
También resulta especial la forma en que el lugar propone al viajero disfrutar de la hospitalidad. Detrás de esta experiencia están Zulma Mora y Fabián Cano, quienes lideran el proyecto y reciben a cada visitante con la calidez de quienes conocen y aman profundamente este territorio. Desayuno, almuerzo, cena, agua, café y un guía especializado acompañan una estancia pensada para descubrir el territorio de manera equilibrada. Las habitaciones reciben nombres de aves y ayudan a mantener presente que los verdaderos anfitriones también son los seres que habitan el bosque, que desde el primer momento acogen y dan la bienvenida al visitante. Después de una jornada de observación, sentarse a tomar café mientras la neblina avanza entre la vegetación es una de esas escenas sencillas que se quedan en la memoria mucho más que cualquier itinerario.
Más información y contenido del proyecto en Instagram: @paseoporlasnubes_birdinglodge
La segunda gran experiencia de este viaje nos llevó a Tauramena, a Hacienda La Cabaña, que es, ante todo, un homenaje a una gran mujer, la Señora Anita, y donde el Llano se vive desde la cercanía de una finca familiar. Aquí no se llega a un escenario preparado para una fotografía rápida, sino a una casa que abre sus puertas y comparte su vida cotidiana.
La bienvenida parte de una idea muy clara: las mejores experiencias nacen de una conversación sin prisa. Esa filosofía se siente desde el inicio, cuando el visitante escucha a quienes conocen el territorio y entiende que cada recorrido tiene detrás una relación profunda con la tierra.
El paseo, o el safari llanero, como aquí se conoce, fue una de las actividades más evocadoras. El recorrido atraviesa sabanas, esteros y lagunas; en el camino aparecen animales que vuelven a pastar, aves que se desplazan y una luz que parece extenderse sin límites. No hay prisa. El paisaje es el protagonista y, al mismo tiempo, una invitación a dejar el teléfono a un lado para mirar de verdad.
La experiencia culminó con un almuerzo en el que la buena carne reveló nuevos sabores al comensal, además de una muestra de folclor llanero basado en la música del joropo, la bandola, el cuatro y las historias. Siempre las historias.
En la Hacienda La Cabaña, el paseo a caballo es otra forma de entrar en ese universo y de acercarse a las labores del campo, en concreto al agroturismo: alimentar a los animales, conocer el ordeño, recoger huevos o comprender cómo se organiza una hacienda, todo para valorar el trabajo diario que sostiene la vida rural.
Esta vivencia es especialmente enriquecedora para quienes llegan desde una ciudad y pocas veces han tenido contacto con los tiempos, las responsabilidades y la delicadeza que exige el cuidado de los animales. Aquí se constata que el turismo rural, cuando se hace desde el respeto, no convierte el campo en espectáculo: crea un puente entre quien visita y quien habita el territorio.
Conoce más de la experiencia en Instagram: @lacabana_hacienda
Este viaje nos ha permitido confirmar que el departamento de Casanare tiene una oferta turística capaz de emocionar a públicos muy distintos. Puede atraer a quien busca naturaleza, a quien desea observar aves, a quienes viajan en familia, a los amantes de la gastronomía, a las personas interesadas en la cultura rural y, por supuesto, a quienes quieren conocer más sobre el cacao colombiano. Su valor está en la autenticidad. Aquí las experiencias no dependen de una escenografía; nacen de paisajes reales, familias reales y tradiciones que siguen formando parte de la vida diaria.
Nada de esto habría sido posible sin la importante colaboración de la Federación Nacional de Cacaoteros, cuya organización del 8.º Seminario Internacional de Cacao permitió conectar conocimiento, producción y territorio. Su papel fue decisivo para mostrar que el cacao puede impulsar no solo una cadena productiva, sino también rutas de descubrimiento, experiencias rurales y oportunidades para las comunidades. La presencia y el acompañamiento de las instituciones vinculadas al turismo del departamento de Casanare reforzaron, además, la voluntad de proyectar el destino con una mirada que reconoce sus valores naturales, culturales y humanos.
Autores: Renzo Puezan y Antonio Santos del Valle
Septiembre, 2026
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