Estella-Lizarra (Navarra - España)
Una ciudad hecha para quedarse
Hay ciudades que se visitan y ciudades que se quedan dentro del viajero. Estella-Lizarra pertenece al segundo grupo. Asentada en un recodo del río Ega, a unos 45 kilómetros de Pamplona, esta villa navarra fue fundada en 1090 por el rey Sancho Ramírez para dar cobijo a los peregrinos del Camino de Santiago. Aquel origen jacobeo marcó para siempre su carácter: abierto, comercial, acostumbrado a recibir a gentes de toda Europa.
Los peregrinos medievales la llamaron "Estella la Bella", y el apodo de "la Toledo del Norte" llegó después, por la abundancia de iglesias, palacios y conventos que se apiñan entre sus calles. Hoy, más de nueve siglos más tarde, la ciudad conserva ese pulso tranquilo de lugar de paso que invita a detenerse. El viajero cruza el Puente de la Cárcel, sube las escaleras de San Pedro de la Rúa, se sienta en la Plaza de San Martín junto a su fuente renacentista y entiende enseguida por qué tantos caminantes decidieron no seguir.
El paseo depara sorpresas a cada paso: la portada de San Miguel, con su espléndido programa escultórico; el claustro románico de San Pedro de la Rúa, asomado a la ciudad; la iglesia del Santo Sepulcro, con su fachada gótica, o la calle de la Rúa, antigua arteria del Camino, flanqueada por casas blasonadas y palacios como el de San Cristóbal.
Por encima del caserío, la Basílica de Nuestra Señora del Puy vigila la ciudad desde el lugar donde, según la tradición, unos pastores encontraron la imagen de la Virgen guiados por una lluvia de estrellas. De aquel prodigio nació, dicen, el propio nombre de Estella. Abajo, junto al río, el antiguo barrio judío y las orillas del Ega recuerdan que esta fue una ciudad de mercaderes, artesanos y gentes llegadas de muy lejos, una mezcla que todavía se respira al pasear.
Basta un fin de semana para recorrer su casco histórico, pero conviene reservar más tiempo. Estella no se descubre con prisa: se descubre conversando con su gente, sentándose a su mesa y dejando que sus piedras cuenten la historia del viejo Reino de Navarra
En pleno centro histórico, entre la Rúa y las calles que bajan hacia el Ega, aguarda una de esas paradas que no figuran en todas las guías y que acaban siendo el mejor recuerdo del viaje. Es el taller de Carmelo Boneta Lopetegui, dedicado a la reproducción de muebles etnográficos y de cerámica tradicional.
Entrar en su espacio es asomarse a la casa navarra de otro tiempo. Arcones, alacenas, escaños, sillas de enea, cántaros, platos y jarras recuperan las formas y las técnicas que durante siglos acompañaron la vida cotidiana en los valles y en la Ribera. Cada pieza nace del estudio paciente de los modelos originales, de la madera bien elegida y del barro trabajado con respeto. No son simples objetos decorativos: son documentos vivos de una cultura material que corría el riesgo de perderse.
Pero lo que convierte la visita en algo memorable es el propio Carmelo. Su acogida es cálida y generosa, de las que hacen sentir al forastero como un vecino más. Pregunte el viajero por un mueble y recibirá, además de la explicación del oficio, una verdadera clase de historia local y de Navarra: la fundación de la ciudad, el ir y venir de los peregrinos, la vida en los caseríos y en las casas de labranza, los usos de cada utensilio y las costumbres que dieron sentido a estas piezas.
Escucharle es también aprender a mirar. Carmelo explica por qué un arcón se decoraba con rosetas talladas, cómo se repartía el espacio en la cocina de una casa navarra o qué papel tenía cada vasija en la matanza, en la bodega o en la mesa familiar. Habla con la pasión de quien ha dedicado años a recuperar oficios antiguos y con la paciencia de quien disfruta compartiendo lo que sabe. No hay prisa en su taller: hay tiempo para preguntar, tocar las piezas y dejarse llevar por las historias.
Con él, la historia deja de ser una sucesión de fechas y se convierte en relato cercano. Muchos visitantes salen del taller con una pieza bajo el brazo; todos salen con la sensación de haber entendido mejor la tierra que pisan. Es una parada imprescindible para quien busque autenticidad y quiera llevarse a casa un pedazo genuino de la tradición navarra.
Una parada obligatoria es el Museo Gustavo de Maeztu, porque pocas pinacotecas pueden presumir de una sede tan extraordinaria. El Museo Gustavo de Maeztu ocupa el Palacio de los Reyes de Navarra, levantado a finales del siglo XII en la Plaza de San Martín. Es uno de los escasos ejemplos de arquitectura civil románica que se conservan en España y una joya de primer orden del patrimonio navarro.
Antes de entrar merece la pena detenerse ante su fachada. Las arquerías de la planta superior, las columnas y los capiteles esculpidos componen un conjunto de una elegancia sorprendente. Uno de esos capiteles, firmado por el maestro Martín de Logroño, representa el combate entre el caballero Roldán y el gigante Ferragut, una escena épica ligada a las leyendas carolingias que recorrían el Camino de Santiago.
El edificio tuvo una vida agitada a lo largo de los siglos. Conoció usos muy diversos en distintas épocas, antes de llegar a su cuidadosa restauración final. Recorrer sus salas es, por tanto, viajar a la vez por la historia del arte y por la memoria de la propia ciudad, que ha sabido conservar este tesoro.
En su interior, el palacio guarda la obra de Gustavo de Maeztu (1887-1947), pintor, escritor y grabador nacido en Vitoria que eligió Estella para vivir sus últimos años. A su muerte legó su obra a la ciudad, y desde 1991 el museo la muestra al público. Retratos de una fuerza notable, figuras femeninas monumentales, paisajes y escenas de la vida popular revelan a un artista personal, influido por el modernismo y por la tradición pictórica española.
Hermano del escritor Ramiro de Maeztu y de la pedagoga María de Maeztu, Gustavo fue una figura singular de la cultura española de comienzos del siglo XX. Viajó por Europa, expuso en Londres y en otras capitales, y encontró en Estella la serenidad que buscaba. Sus lienzos de gran formato, de colores intensos y personajes rotundos, dialogan de forma sorprendente con los muros de piedra del palacio medieval que hoy los acoge.
El edificio tuvo una vida agitada a lo largo de los siglos. Conoció usos muy diversos en distintas épocas, antes de llegar a su cuidadosa restauración final. Recorrer sus salas es, por tanto, viajar a la vez por la historia del arte y por la memoria de la propia ciudad, que ha sabido conservar este tesoro.
El recorrido es ameno y se completa con exposiciones temporales que mantienen vivo el espacio. La combinación de arte contemporáneo y piedra medieval convierte la visita en uno de los grandes momentos de la estancia.
Si algo enamora en Estella, además de sus monumentos, es su mesa. La ciudad se asienta en una encrucijada privilegiada: al norte, los montes y valles de Tierra Estella; al sur, las fértiles huertas que anuncian la Ribera. De esa riqueza nace una cocina honesta, de producto, que no necesita artificios.
En temporada mandan las verduras. Los espárragos de Navarra, los pimientos del piquillo de Lodosa, las alcachofas, las pochas y la menestra son platos que aquí alcanzan una categoría casi sagrada. No faltan el cordero al chilindrón, el gorrín asado, la chistorra, las migas de pastor ni los quesos de Roncal e Idiazábal. Para el postre, la cuajada, la leche frita o los dulces caseros; y para cerrar la comida, un pacharán bien frío.
El otoño añade nuevos protagonistas: las setas de los montes cercanos, la caza, las castañas y los guisos de cuchara que reconfortan en los días frescos. Y cada jueves, desde hace siglos, la Plaza de los Fueros acoge el tradicional mercado semanal, donde los hortelanos de la comarca venden sus verduras, frutas, quesos y embutidos. Pasear entre sus puestos es la mejor manera de conocer los productos que después aparecerán en los platos de los restaurantes.
El vino merece capítulo propio. Tierra Estella es una de las subzonas de la Denominación de Origen Navarra, y sus tintos, rosados y blancos acompañan cualquier comida. Muy cerca de la ciudad, junto al Monasterio de Irache, los peregrinos se detienen ante la famosa fuente que ofrece vino gratis a quien hace el Camino, una tradición tan curiosa como hospitalaria.
Las calles del centro, sobre todo en torno a la Plaza de los Fueros, son perfectas para salir de tapas al caer la tarde. Bares y restaurantes ofrecen pinchos elaborados y menús del día a buen precio, y la sobremesa se alarga sin prisa. Muchos locales trabajan directamente con agricultores y bodegueros de la zona, de modo que lo que llega al plato habla del paisaje que rodea la ciudad. Comer en Estella es entender una forma de vivir.
Para completar la experiencia, recomendamos alojarse en Casa Luisa, a las afueras de Estella. Es la elección perfecta para quien quiere estar cerca del casco histórico y, a la vez, disfrutar de la tranquilidad del campo navarro.
Su arquitectura acogedora causa una gran primera impresión. La piedra, la madera y unos espacios cálidos crean un ambiente familiar en el que el huésped se siente bien atendido desde el primer momento. Las habitaciones invitan al descanso después de una jornada recorriendo calles, iglesias y miradores.
Pero lo que de verdad distingue a Villa Luisa es su cocina, en manos de Martín Goñi. Sus platos son un buen ejemplo de la gastronomía de la región: recetas tradicionales, elaboración cuidada y, sobre todo, producto local. Las verduras de las huertas cercanas, las carnes de la zona y los vinos de Navarra llegan a la mesa con todo su sabor, sin disfraces. Cenar allí después de un día de visitas es la mejor manera de cerrar el círculo del viaje.
El trato cercano completa la experiencia. En Villa Luisa el huésped recibe consejos sobre qué visitar, dónde comer o qué ruta elegir, siempre con la auténtica hospitalidad navarra. Despertar en un entorno tranquilo, desayunar productos caseros y salir a descubrir la comarca sin prisas es uno de esos pequeños lujos que convierten una escapada en un recuerdo duradero. Es, sin duda, un lugar al que apetece volver.
Su ubicación permite, además, recorrer Tierra Estella con facilidad. El Monasterio de Irache, el nacimiento del río Urederra, la sierra de Urbasa, el Monasterio de Iranzu y pueblos como Puente la Reina o Los Arcos quedan a un corto trayecto en coche.
Estella-Lizarra reúne todo lo que se puede pedir a un gran destino: historia, arte, naturaleza, buena mesa y gente que sabe recibir. Un paseo por sus calles, una charla con Carmelo Boneta Lopetegui en su taller, la visita al Museo Gustavo de Maeztu y una cena en Villa Luisa bastan para entender por qué los peregrinos medievales la llamaban "la Bella". Quien viene una vez casi siempre acaba volviendo.
Autora: R. Rodríguez y Equipo
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