Entrevista con David Bigorra
Fotógrafo, comunicador especializado en viajes y turismo y CEO de la revista QTRAVEL
Entrevista con David Bigorra
Fotógrafo, comunicador especializado en viajes y turismo y CEO de la revista QTRAVEL
David Bigorra
Fotógrafo, comunicador especializado en viajes y turismo y CEO de la revista QTRAVEL
David Bigorra es editor, fotógrafo y comunicador especializado en viajes y turismo, con cerca de dos décadas de experiencia en prensa, radio, televisión y medios digitales. Desde 2007 dirige QTRAVEL, revista de viajes de autor basada en experiencias directas y fotografía propia. También dirigió Revista GB y participa en programas como Miradas Viajeras, Barcelonautes, RAC1manat y Boarding Pass.
Su trayectoria abarca edición, redacción, producción audiovisual, presentación y comunicación turística, con experiencia en marketing, transformación digital y diseño de producto turístico. Ha recorrido numerosos países y cientos de ciudades, difundiendo destinos, alojamientos, gastronomía y experiencias.
Sus trabajos han recibido premios nacionales e internacionales, incluidos reconocimientos de República Checa, Rioja Alavesa, Malta, Costa Cruceros, PICOT y CATA Centroamérica por su contribución a la divulgación turística internacional.
Como CEO de QTRAVEL, ¿cómo definiría la propuesta de la revista y cuál ha sido la respuesta del público a lo largo de estos años?
QTRAVEL nació con la voluntad de ser una revista de autor. Nuestro punto de partida es siempre la experiencia propia: el cien por cien de los destinos que publicamos los hemos recorrido personalmente y prácticamente todo el material fotográfico también es nuestro. Eso nos permite construir un relato coherente y, sobre todo, no edulcorado de aquello que el viajero va a encontrar. Podemos explicar lo que nos ha gustado mucho, pero también aquello que creemos que conviene saber antes de llegar.
La relación con nuestros lectores también ha cambiado enormemente durante estos años. En 2027 cumpliremos veinte años y, mirando atrás, creo que ha existido una especie de aprendizaje mutuo entre editor y lector. En nuestra primera etapa, cuando la revista se vendía en quioscos y librerías, conocíamos su respuesta principalmente a través de las ventas o de los emails que recibíamos. Algunos lectores comentaban un reportaje, otros nos señalaban lugares que habían echado en falta o nos explicaban cómo habían vivido ellos aquel destino.
Con la llegada de las redes sociales, ese pulso se hizo mucho más inmediato. Hoy sabemos con mucha mayor precisión y rapidez qué historias interesan, qué destinos generan curiosidad y cómo cambian las formas de viajar. Eso nos ha permitido adaptarnos sin perder nuestra identidad.
Hace casi veinte años tuvimos claro que no queríamos hacer otra revista de viajes al uso. Ya existían grandes cabeceras que ocupaban ese espacio y nosotros necesitábamos encontrar nuestra propia mirada. Con el tiempo hemos conseguido hacernos un hueco entre lectores que buscan viajes reales, contados desde la experiencia y no únicamente desde la promoción. Uno de nuestros primeros lemas era: “QTRAVEL, porque existen otras formas de viajar”. Aunque hace años que ya no aparece en la cabecera, creo que hoy define nuestra filosofía incluso mejor que cuando empezamos.
¿Cómo ha evolucionado la revista para responder a los nuevos hábitos de los viajeros y mantener una propuesta editorial rigurosa, inspiradora y útil en un entorno digital cada vez más competitivo?
Los mercados cambian y los hábitos de los lectores también. Para QTRAVEL, 2017 fue un punto de inflexión: dejamos la edición en papel que se vendía en quioscos y pasamos al formato digital. El gran cambio no fue simplemente sustituir el papel por una pantalla, sino lo que ocurrió después. Pasamos de unos 25.000 lectores en nuestra etapa impresa a los aproximadamente 70.500 actuales. Prácticamente triplicamos nuestra audiencia.
También cambió la manera de consumir los reportajes. A mí siempre me ha gustado explicar los destinos con detalle, intentar comprender el porqué de las cosas y aportar contexto, pero en estos años hemos tenido que reducir el volumen de texto por página alrededor de un 20 %. Dicho de otra manera: nuestros lectores de hace quince o veinte años leían más texto que los actuales. Aquello de que “una imagen vale más que mil palabras” cobra todavía más sentido y es más necesario en la era digital.
Eso nos obligó a adaptar la forma de contar sin empobrecer el contenido. Mantenemos reportajes extensos, con una presencia fotográfica cada vez mayor, y la revista dejó de ser un producto aislado para convivir con vídeo, redes sociales, radio y televisión. Cada soporte tiene su propio ritmo y exige una forma distinta de narrar.
Quizá ahí esté uno de los grandes cambios de estas dos décadas. Antes hablábamos fundamentalmente de lectores; hoy hablamos de usuarios que pueden llegar al mismo destino a través de medios muy distintos. El reto consiste en adaptar el lenguaje a cada uno de ellos sin perder rigor, personalidad ni la experiencia real que hay detrás del contenido.
Su actividad también se extiende a la radio, como ya ha mencionado, con participaciones en Miradas Viajeras, de Capital Radio, y en el programa RAC1manat, de RAC1 Cataluña. ¿Qué aporta este formato a la divulgación turística y cómo consigue despertar la imaginación de la audiencia únicamente a través de la palabra?
La radio tiene algo que me atrae especialmente: es mucho más personal, directa y espontánea. En una revista puedes revisar una frase, cambiar una palabra o buscar la forma exacta de expresar una idea. En la radio no. Lo que dices sale en ese momento y eso hace que el relato sea mucho más vivido.
Además, las anécdotas y las experiencias personales funcionan especialmente bien. El oyente quiere saber qué ocurrió, cómo reaccionaste, qué te sorprendió o qué salió de una forma distinta a la prevista. Ese componente humano convierte un destino en algo más cercano y hace que la narración sea mucho más amena.
También me siento especialmente cómodo en la radio porque desaparece una parte de la presión que puede generar una cámara. En televisión eres consciente de que hay una cámara delante y, aunque con los años aprendes a olvidarla, inevitablemente existe cierta formalidad. En mi caso intento mantener siempre la naturalidad y contar lo que realmente he vivido, independientemente de que haya mil, cien mil o un millón de personas al otro lado.
En la radio todo eso sale de una manera todavía más natural. Y como no existe la imagen, la palabra tiene que trabajar mucho más: hay que describir, crear ambiente, transmitir sensaciones y conseguir que el oyente construya mentalmente ese lugar. Quizá por eso me gusta tanto. La radio no muestra un destino; te obliga a hacerlo visible a través de la voz.
¿Qué criterios aplica a la hora de elegir los destinos, alojamientos, experiencias o propuestas gastronómicas que aparecen en los contenidos que dirige, presenta o recomienda a través de los distintos medios en los que participa?
En QTRAVEL nunca hemos sido coleccionistas de destinos. Cada viaje tiene que tener un motivo y, después de casi veinte años viajando prácticamente cada mes, puedo decir que las grandes decepciones han sido excepcionales. No llegan ni al 0,5 %. Porque todos los lugares, sean conocidos o no, grandes o pequeños, tienen algo que contar. Hay que observar, hablar con la gente y escarbar un poco bajo la superficie. Casi siempre aparece una historia.
Lo que sí ha cambiado mucho es la manera de contarla. Hay destinos con una enorme fuerza visual que funcionan especialmente bien en revista o televisión. Otros esconden historias extraordinarias que necesitan tiempo, conversación y contexto, y esos son magníficos para la radio. La diversidad de medios nos permite decidir no solo qué contar, sino también cuál es el lenguaje más adecuado para hacerlo.
También ha cambiado profundamente la oferta turística. Hace veinte años, muchas veces el hotel era simplemente el lugar donde dormir para continuar el viaje al día siguiente. Hoy el sector hotelero ha dado un salto enorme y encontramos establecimientos que son casi un destino en sí mismos, por su ubicación, su arquitectura, su historia o por todo aquello que incorporan alrededor de la estancia.
Con la gastronomía ha ocurrido algo parecido. Cuando empezamos, los restaurantes con estrellas Michelin parecían estar reservados a un público muy concreto y, fuera de ese circuito, predominaban propuestas mucho más funcionales. Hoy la gastronomía se ha convertido en uno de los grandes protagonistas del viaje. Y ni siquiera hace falta una estrella: he comido en restaurantes de pueblos de quinientos habitantes que, años después, todavía recuerdo perfectamente. Eso sucede porque ya no vamos únicamente a comer un entrecot o un codillo; buscamos una experiencia, una historia y una conexión con el lugar.
Ese es, probablemente, el criterio que atraviesa todo lo que hacemos: que haya algo detrás que merezca ser contado y que la experiencia responda realmente a lo que promete. Y sí, también hemos decidido no recomendar determinados hoteles, restaurantes o propuestas después de conocerlos. Las malas experiencias existen y seguirán existiendo. No se trata de señalar públicamente a nadie, pero tampoco tendría sentido recomendar algo en lo que personalmente no creemos. La credibilidad empieza precisamente ahí.
Su experiencia también se extiende a la televisión, primero con Miradas Viajeras, emitido en Negocios TV y Movistar+ durante cuatro temporadas, y actualmente como presentador de destinos en el programa Boarding Pass, de Canal 4 TV. Desde su experiencia ante la cámara, ¿qué elementos considera esenciales para que un reportaje audiovisual se convierta en una invitación auténtica al viaje, más allá de mostrar imágenes atractivas de un destino?
La televisión tiene una dificultad que muchas veces el espectador no percibe: el destino real no siempre coincide con esa imagen perfecta que todos tenemos en la cabeza. Podemos llegar en una época del año en la que el paisaje no ofrece esas condiciones ideales, el cielo no acompaña o esa escena que imaginábamos apenas dura unos segundos y no permite obtener los recursos audiovisuales que necesitamos. Cuando estás grabando y sabes que después tendrás que hablar de ese lugar en pantalla, reconozco que en algún momento llegas a entrar en pánico.
Pero ahí está también una parte muy interesante del trabajo. Si no aparece la imagen idílica que esperabas, tienes que buscar otra manera de contar el destino. Y muchas veces acabas descubriendo una historia desconocida, un rincón alternativo o una persona que aporta mucho más al reportaje que aquella imagen perfecta que habías previsto inicialmente. Al final, casi siempre todo encuentra su lugar.
Precisamente por eso me incomoda cierta tendencia que veo actualmente en algunos programas de viajes de las plataformas de streaming. Todo aparece excesivamente perfecto. Se rueda en lugares a los que después el viajero normal quizá no tendrá acceso, se preparan situaciones específicamente para una gran producción o se provoca una escena porque el guion necesita que ocurra. Técnicamente puede quedar espectacular, pero a veces se aleja mucho de lo que encontrará realmente una persona cuando viaje allí.
Estamos hablando de viajes, y para mí eso implica contar aquello que existe de verdad. En QTRAVEL nunca hemos querido vender fantasía. La realidad puede ser menos perfecta visualmente, pero si sabemos contarla bien puede resultar incluso mucho más interesante.
Un buen reportaje no debería limitarse a conseguir que el espectador piense “qué bonito”. Debería conseguir que quiera conocer el lugar sabiendo, además, que cuando llegue allí encontrará algo parecido a lo que le hemos contado.
QTRAVEL combina información, inspiración y experiencias. ¿Cómo define el equilibrio entre el componente aspiracional de los contenidos turísticos y la necesidad de ofrecer datos prácticos que ayuden realmente al viajero a planificar su visita?
Durante muchos años dimos mucha importancia a la información práctica. Era lógico: el lector necesitaba saber cómo llegar, cuánto podía costar un vuelo, qué horarios tenía un museo o qué servicios iba a encontrar al llegar. Hoy gran parte de esa información envejece demasiado rápido.
Dar el precio de un billete de avión, por ejemplo, tiene cada vez menos sentido. Hoy puede costar 1.000 euros y dentro de una semana 750 o 1.300. Lo mismo ocurre con horarios, accesos o determinadas condiciones de visita, que cambian constantemente. Incluso algunas recomendaciones estacionales se han vuelto menos previsibles; fenómenos como las auroras boreales o determinadas temporadas naturales ya no responden siempre con la regularidad que dábamos por hecha hace años.
Internet ha cambiado por completo ese papel. El viajero puede recopilar en pocos minutos una enorme cantidad de información práctica y, además, actualizarla prácticamente en tiempo real. Por eso nuestro trabajo ha ido desplazándose hacia aquello que creemos que aporta más valor: ofrecer contexto, experiencia y suficientes motivos para que alguien sienta interés real por un destino.
Hoy nuestro principal objetivo es inspirar. No en el sentido de idealizar, sino de despertar curiosidad. Conseguir que alguien termine un reportaje pensando que quiere conocer ese lugar, entenderlo y vivirlo por sí mismo. La información práctica sigue siendo necesaria, pero ya no es el centro del relato. El centro está en provocar el deseo de viajar.
En un panorama saturado de recomendaciones rápidas en redes sociales, ¿qué valor diferencial puede aportar una revista especializada como QTRAVEL para fomentar un turismo mejor informado, más consciente y conectado con la realidad de los destinos?
Las redes sociales se han convertido en un arma de doble filo, casi en un bumerán. Han motivado a muchísima gente a viajar y han dado visibilidad a destinos que antes apenas aparecían en los circuitos habituales. Eso es positivo. El problema es lo que hemos generado alrededor de determinados lugares.
Hay personas que viajan buscando exclusivamente esa fotografía idílica que han visto cientos de veces en Instagram o TikTok. Poco importa si están entrando en un espacio natural frágil, si aquel lugar tiene una historia detrás o si existe una comunidad que vive allí. Si nada de eso va a aparecer en la fotografía, para una parte del público sencillamente deja de tener interés. Suena duro, pero creo que es una realidad que debemos reconocer.
Cuando el fenómeno se multiplica, las consecuencias son muy visibles. Pienso en Santorini o, mucho más cerca, en el Barranco de las Vacas, en Gran Canaria. Lugares donde se llegan a formar auténticas procesiones de personas esperando su turno para conseguir prácticamente la misma fotografía. La visibilidad existe, claro, pero también la concentración y la saturación.
Ahí una revista especializada todavía puede aportar algo que las redes difícilmente ofrecen: criterio y contexto. Hoy no falta información para viajar; muchas veces falta criterio para ordenarla. Nuestro trabajo no debería consistir en enseñar una vez más la misma fotografía que ya han visto millones de personas, sino en explicar qué hay detrás, proponer alternativas y ayudar a descubrir el territorio más allá de aquello que premia el algoritmo.
Las redes son extraordinarias para descubrir. Un medio especializado debe servir también para comprender. Y esa diferencia, en un momento en el que todos recibimos miles de impactos visuales cada día, me parece cada vez más importante.
La credibilidad es fundamental en el periodismo de viajes. ¿Cómo preserva la independencia editorial de QTRAVEL y de sus intervenciones audiovisuales o radiofónicas cuando el sector turístico mantiene una relación constante con marcas y destinos?
La credibilidad se construye con los años y con la experiencia, pero hay algo que me parece importante: no eres tú quien decide si eres creíble. Lo deciden los demás. Si trabajas con coherencia, mantienes un criterio reconocible y aquello que cuentas se corresponde con lo que después encuentra el viajero, esa confianza acaba llegando de forma natural.
En QTRAVEL separamos claramente publicidad y contenido editorial. Un medio necesita ingresos para existir y la publicidad forma parte de ese modelo, pero eso no significa que deba condicionar el relato. Lo mismo ocurre con los viajes de prensa o las invitaciones. En todos estos años nunca un destino me ha indicado de qué debía hablar o qué tenía que ocultar. Y creo que sería un enorme error hacerlo, incluso para quien intentara imponerlo. Si necesitas controlar lo que un periodista va a contar, probablemente es porque no confías demasiado en aquello que estás ofreciendo.
Otra cuestión diferente es lo que vemos actualmente en determinados perfiles de redes sociales. Conozco casos en los que una estancia de fin de semana en un buen hotel, con spa incluido, parece suficiente para convertir absolutamente todo en maravilloso. Cada uno decide cómo trabaja, pero el tiempo acaba poniendo esos contenidos en perspectiva. Cuando sigues durante años determinados perfiles, resulta relativamente fácil distinguir cuándo existe un criterio personal y cuándo prácticamente todo depende de quién invita o paga.
Yo prefiero una relación mucho más sencilla: si algo merece la pena, lo cuento y lo recomiendo; si no me convence, no tengo ninguna obligación de hacerlo. Y si tengo que expresar una valoración negativa, la argumento.
Solo recuerdo una ocasión en la que un hotel, en Suiza, me pidió que retirara una reseña negativa que había publicado en Google. Mi reacción fue justamente la contraria: añadí más detalles explicando las razones de aquella valoración e incorporé una posdata indicando que el establecimiento me había solicitado retirarla. Creo que resume bastante bien mi manera de entender la independencia: puedes aceptar una invitación, colaborar con el sector y mantener una buena relación profesional, pero la opinión no forma parte del acuerdo.
¿Cómo ha transformado la tecnología la forma de producir, distribuir y consumir contenidos de viajes, y cuáles considera que serán las herramientas más relevantes para los medios especializados durante los próximos años?
La tecnología ha cambiado muchísimo nuestra forma de trabajar. Hace años, cuando viajábamos para producir contenidos, casi se podía identificar a qué nos dedicábamos solo con ver el equipo que llevábamos encima: mochilas llenas de cámaras, ópticas, accesorios y material técnico. Hoy, buena parte de lo que necesitamos para producir contenidos de revista y televisión cabe prácticamente en la bolsa de cualquier viajero.
Y eso tiene una ventaja enorme: pasas mucho más desapercibido. Te integras en el entorno, observas de otra manera y la gente también se comporta contigo de una forma más natural. Quizá cuando aparecen los micrófonos para hacer una entrevista queda más claro que estás trabajando, pero incluso eso ocurre cada vez menos.
Con la inteligencia artificial intento aplicar una regla muy sencilla: sentido común. Es una herramienta extraordinaria para recopilar información, ordenar datos, analizarlos, corregir textos o detectar errores. Aquella frase de “cuando acabes, pásalo por el corrector de Word” prácticamente ha quedado atrás. Pero una cosa es apoyarte en una herramienta y otra muy distinta delegar en ella aquello que no conoces. No usaría la IA como fuente para documentarme sobre un destino que desconozco sin contrastar después esa información con fuentes fiables y con la propia realidad.
Con la imagen y el vídeo me ocurre algo todavía más curioso. He probado motores de generación audiovisual muy avanzados recreando lugares que conozco y en los que he estado. Los resultados son técnicamente espectaculares, pero muchas veces mi reacción es reírme porque son tan perfectos que dejan de parecer reales. Hemos llegado a un punto en el que la perfección visual puede acabar jugando en contra de la credibilidad.
Prefiero una fotografía de París con la Torre Eiffel bajo un cielo gris y una ligera llovizna, que es una imagen bastante habitual durante buena parte del otoño y el invierno, antes que una puesta de sol imposible con un cielo azul perfecto que no se corresponde con lo que normalmente encontrará el viajero.
Cualquiera puede crear contenido hoy, y me parece fantástico. Las vacaciones de cualquier persona están en las redes desde el primer minuto, con contenidos a veces francamente originales. Pero otra cosa muy distinta es transformar una experiencia personal en un contenido equilibrado, capaz de separar la vivencia propia de la realidad general del destino y, además, resultar realmente útil para quien está pensando en viajar allí. Eso se aprende con los años y vuelve a llevarnos a algo que ya hemos mencionado: la credibilidad.
El viajero actual busca cada vez más experiencias personales y memorables. ¿Hasta qué punto esta tendencia está modificando el trabajo de los comunicadores turísticos y la manera en que se construyen los relatos sobre un destino?
Cada vez contamos más experiencias personales, y eso obliga al comunicador a separar muy bien sus propios gustos de aquello que puede interesar al público. No todo lo que cuento tiene que entusiasmarme a mí. Por ejemplo, no me gustan especialmente las motos acuáticas. Las he probado, las he contado con detalle y entiendo perfectamente que para mucha gente, especialmente entre el público más joven, puedan formar parte de unas vacaciones fantásticas. Pero yo probablemente no pagaría por subirme a una.
Ahí también está nuestro trabajo: probar, observar y explicar una experiencia sin convertir el gusto personal en una sentencia. El viajero ya no busca únicamente una lista de monumentos, playas o restaurantes; quiere imaginar qué va a sentir y qué puede vivir allí. Eso ha hecho que los relatos de viajes sean cada vez más personales, más sensoriales y más centrados en situaciones y personas.
Al mismo tiempo, echo de menos una parte del viaje que antes empezaba mucho antes de salir de casa. Una semana de vacaciones podía comenzar un mes antes, leyendo, buscando información y entendiendo la historia del lugar. Hoy, para una parte importante del público, esa preparación se concentra en unos cuantos vídeos de YouTube, TikTok o Instagram durante los días previos. Por mi experiencia percibo además una diferencia generacional: entre los viajeros de más edad sigue existiendo una mayor tendencia a leer y documentarse, aunque menos que antes.
Eso también modifica nuestro trabajo. Tenemos que aportar más contexto en menos tiempo y conseguir que una experiencia no se quede únicamente en “yo hice esto”. La experiencia personal tiene valor cuando ayuda a quien escucha, lee o mira a entender mejor qué encontrará allí y por qué puede merecerle la pena vivirlo.
Desde su perspectiva profesional, ¿qué responsabilidades tienen los medios de comunicación especializados al informar sobre destinos que afrontan retos relacionados con la masificación, la preservación patrimonial, la sostenibilidad ambiental o la convivencia local?
El sector ha tardado demasiado en aceptar que la masificación era un problema. Durante muchos años todo giraba alrededor de crecer: más visitantes, más ocupación, más vuelos, más gasto. Hacer caja gusta a todo el mundo, pero ahora algunos destinos se encuentran con una realidad incómoda: no saben dónde meter a tanta gente y, en determinados casos, esa presión empieza a deteriorar precisamente aquello que durante años les ha permitido vivir del turismo. Es una paradoja bastante triste.
Responsables hemos sido prácticamente todos: oficinas de turismo, administraciones, empresas, hoteleros, operadores y buena parte del ecosistema que vive de atraer viajeros. Después llegaron las redes sociales y aceleraron muchísimo el fenómeno, porque determinados lugares pasaron de ser conocidos a convertirse en objetivos virales.
Tampoco todas las formas de comunicación producen el mismo efecto. No creo que quien dedica tiempo a leer veinte o treinta páginas sobre un destino llegue con la misma mirada que quien únicamente busca reproducir una fotografía que ha visto cientos de veces. La lectura y el contexto no garantizan un comportamiento perfecto, pero sí ayudan a entender que detrás del lugar que visitamos existe una historia, unos límites y, sobre todo, gente que vive allí.
Ahora escuchamos constantemente que los destinos quieren menos cantidad y más “calidad”. La frase queda muy bien, pero hay que preguntarse qué significa realmente. Si la respuesta consiste simplemente en subir precios para seleccionar quién puede permitirse viajar, creo que estamos equivocándonos otra vez. Un turista de mayor poder adquisitivo no es necesariamente un mejor turista. Puede gastar más y ser igual de irrespetuoso con el entorno.
Para mí, la calidad debería medirse de otra manera: por el respeto hacia el lugar, por el interés real en conocerlo, por cómo se distribuye el gasto en el territorio, por el tiempo que permanece el visitante y por la relación que establece con quienes viven allí.
Los medios especializados también tenemos una responsabilidad. Debemos explicar cuándo un lugar está saturado, ofrecer alternativas, ayudar a repartir mejor la atención y dejar de tratar cada rincón como un decorado esperando nuestra cámara. El problema no es que la gente viaje; el problema aparece cuando demasiadas personas son dirigidas al mismo sitio, al mismo tiempo y buscando exactamente lo mismo. Si no corregimos eso, estamos haciendo pan para hoy y hambre para mañana.
Después de entrevistar, recorrer y comunicar numerosos destinos, ¿qué cualidades humanas o culturales encuentra con mayor frecuencia en aquellos lugares que dejan una huella profunda y consiguen que el visitante desee regresar?
Hay muchos lugares que te impresionan, pero con los años te das cuenta de que lo que realmente permanece son las sensaciones y, sobre todo, las personas.
He llegado a lugares siendo un completo desconocido y, en apenas unos minutos, he terminado sentado con una familia como si nos conociéramos desde hacía años. También he visitado comunidades donde, de repente, se invierten los papeles: tú llegas pensando que vas a conocerlos a ellos y acabas siendo tú quien despierta su curiosidad. Quieren saber de dónde vienes, cómo vives, qué haces, qué piensas. Esa curiosidad limpia y espontánea todavía existe en muchos lugares y es una de las cosas que más me sigue sorprendiendo cuando viajo.
Por eso siempre digo lo mismo y no me cansaré de repetirlo: aunque dispongas de poco tiempo o de un presupuesto limitado, viaja. Viaja todo lo que puedas. Conocer otros lugares y otras personas es una de las mejores maneras de abrir la mente, cuestionar prejuicios y relativizar muchas de nuestras inseguridades.
Al final, después de haber conocido culturas, religiones, formas de vida o colores de piel muy diferentes, terminas descubriendo algo bastante sencillo: no somos tan distintos unos de otros como a veces creemos. Y quizá esa sea una de las mayores riquezas que puede ofrecer un viaje.
Mirando hacia el futuro de QTRAVEL y de su trayectoria en televisión y radio, ¿qué proyectos, formatos o territorios le gustaría explorar para seguir acercando el turismo a audiencias cada vez más exigentes y diversas?
Si algo he aprendido especialmente en estos últimos cuatro años es que la narración, los formatos y el lenguaje audiovisual cambian constantemente. A veces digo, medio en broma, que hacemos magia cada día.
Pensemos en un solo destino. Podemos dedicarle un monográfico en QTRAVEL de 80 páginas, con fotografías, contexto, historia, gastronomía, alojamientos y experiencias. Después tengo que trasladar toda esa esencia a un programa de radio de veinte minutos. Más tarde, en televisión, debo condensarla todavía más y contarla en apenas diez minutos, aunque ahí, por suerte, la imagen juega a nuestro favor. Y finalmente llegamos a las redes sociales, donde ese mismo destino debe explicarse en menos de minuto y medio, sabiendo además que, probablemente, al llegar al minuto una buena parte de quienes empezaron a verlo ya habrá deslizado el dedo hacia el siguiente contenido. Si eso no es hacer un poco de magia con cada destino, no sabría cómo definirlo.
Lo que tengo claro es que tendremos que seguir adaptándonos. En la revista probablemente seguirá reduciéndose la cantidad de texto y aumentando el peso visual, porque la realidad es que cada vez se lee menos. La radio, en cambio, creo que todavía tiene mucho recorrido porque mantiene algo difícil de sustituir: la cercanía y la capacidad de contar historias únicamente con la voz.
Y las redes sociales ya ni siquiera podemos llamarlas nuevos formatos. Llevan años formando parte de nuestra manera de comunicar, aunque ahora se estén transformando a una velocidad difícil de prever. Lo que hoy funciona puede quedar completamente superado dentro de muy poco tiempo.
¿Hacia dónde irá todo esto?
Tengo mi propia teoría, pero probablemente necesitaríamos otra entrevista bastante más larga para explicarla... (risas). Lo importante para mí seguirá siendo lo mismo: adaptar el formato sin perder la esencia del viaje, la experiencia real ni nuestra manera de contarlo.
Las ideas y opiniones expresadas en este documento no reflejan necesariamente la posición oficial del Tourism and Society Think Tank ni comprometen en modo alguno a la Organización, y no deberán atribuirse al TSTT o a sus miembros.
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