El tipo de cambio añade otra capa de complejidad. El peso colombiano se ha apreciado alrededor de un 20 % frente al dólar en los últimos doce meses: el 15 de septiembre de 2026 se cambiaba a 3.109 pesos por dólar, frente a los 3.906 de la misma fecha de 2025. Esa fortaleza abarata los viajes al extranjero para los colombianos, pero encarece el país para quienes llegan con divisas extranjeras, algo que ayuda a entender la divergencia entre ambos flujos.
Los precios internos tampoco ayudan. La inflación anual de agosto se situó en el 6,24 %, con subidas del 9,36 % en restaurantes y hoteles, del 5,14 % en paquetes turísticos y del 4,53 % en transporte aéreo de pasajeros. Para un visitante extranjero que ya soporta un peso más fuerte, ese encarecimiento de los servicios básicos reduce el atractivo relativo del destino frente a sus competidores regionales.
Los indicadores de alojamiento reflejan la presión. En julio, la ocupación hotelera fue del 50,6 %, frente al 51,9 % del mismo mes de 2025, y los ingresos reales por alojamiento cayeron un 7,4 % interanual. La asociación hotelera COTELCO, no obstante, pronostica una ocupación media del 61,7 % durante la semana de receso escolar de octubre, una cifra que ofrece cierto respiro de cara al cierre del año.
También hay noticias positivas. Las divisas generadas por viajes y transporte de pasajeros alcanzaron en el primer semestre los 5.619 millones de dólares, un 4,9 % más, de los cuales 4.742 millones corresponden a viajes y 877 millones al transporte aéreo. El sector proyecta unos ingresos anuales cercanos a los 12.000 millones de dólares, y ANATO espera que el país mueva unos sesenta millones de pasajeros aéreos en 2026.
El turismo interno, sin embargo, afronta sus propias barreras. En el primer trimestre, el 52,1 % de los colombianos que decidieron no viajar dentro del país señaló limitaciones económicas, y un 21 % apuntó a la falta de tiempo. Estos datos explican por qué el sector insiste en abaratar el transporte: si el billete de avión pesa menos en el presupuesto familiar, aumentan las probabilidades de que las familias elijan destinos nacionales.
La discusión revela un dilema de política turística que muchos países comparten. Reducir impuestos puede estimular la demanda y ampliar la base de viajeros, pero implica renunciar a ingresos públicos en el corto plazo. Los defensores de la rebaja sostienen que el aumento del tráfico compensaría parte de esa pérdida, mientras que las autoridades fiscales suelen mostrarse cautelosas ante cualquier recorte de gran alcance.
Colombia llega a esta conversación con un activo importante: una oferta natural y cultural muy diversa y una conectividad aérea en expansión. El reto consiste en convertir ese potencial en llegadas sostenidas de visitantes extranjeros sin perder competitividad en precios. De la decisión que se adopte sobre la fiscalidad aérea dependerá, en buena medida, el equilibrio entre el viaje emisor y el receptor en los próximos años.