Un escaparate importante ha sido la Exposición Islámica Internacional celebrada en Yakarta del 26 al 28 de junio de 2026. Reunió a 46 expositores extranjeros de 16 países, 80 expositores nacionales y 18 asociaciones turísticas, con unos 18.000 visitantes previstos y un volumen de negocio estimado en 115.000 millones de rupias, alrededor de 6,4 millones de dólares.
Según el análisis que acompaña estos datos, el turismo amigable con los musulmanes se ha convertido en un segmento mayoritario y no en un mercado marginal. La demanda procede de viajeros del sudeste asiático, del sur de Asia, de Europa, de Oriente Medio y de África, lo que da una idea de la diversidad de perfiles que buscan estancias respetuosas con sus prácticas religiosas y culturales.
Para el visitante, este tipo de oferta se traduce en elementos concretos: restaurantes con certificación halal, lugares de oración accesibles, alojamientos que ofrecen servicios adaptados y programas de actividades pensados para familias. Lejos de limitar la experiencia, estos servicios amplían el público potencial y mejoran la hospitalidad para todos.
El crecimiento de este mercado interesa también a destinos no musulmanes. Países europeos y asiáticos con tradición turística han empezado a incorporar productos y señalización específicos, conscientes de que un viajero que se siente bienvenido tiende a repetir y a recomendar. La competencia por este segmento se intensifica y obliga a invertir en calidad y formación.
Indonesia parte con ventajas claras: una población mayoritariamente musulmana, una gran diversidad natural y cultural y una industria acostumbrada a recibir visitantes. El reto consiste en elevar la calidad de los servicios, mejorar la conectividad entre regiones y mantener la sostenibilidad ambiental para que el crecimiento no deteriore los destinos que se promocionan.
En el ámbito económico, el impulso del turismo amigable con los musulmanes genera empleo, estimula a las pymes locales y abre oportunidades para productores de alimentos, artesanos y empresas de servicios. Al integrar la certificación y la promoción en una estrategia nacional, el país busca capturar una parte creciente del gasto de un mercado global con enorme potencial.
Otro aspecto relevante es la reputación. Un destino que se promociona como acogedor para el viajero musulmán debe cumplir lo que promete, con servicios fiables, información clara y una atención respetuosa que no dependa de la buena voluntad de cada establecimiento. La confianza que se construye con rigor se transmite de boca en boca y en las redes, donde las valoraciones de los propios viajeros pesan tanto como cualquier campaña institucional.
También conviene destacar el papel de la formación. Guías, personal hotelero y profesionales de la restauración necesitan conocer las prácticas y las necesidades de este público para ofrecer un trato natural y profesional. Las asociaciones del sector trabajan en programas de capacitación que ayudan a elevar el nivel medio de la oferta y a que los viajeros encuentren calidad homogénea en cualquiera de las regiones promocionadas.
La subida a la segunda posición es, en definitiva, un reconocimiento al esfuerzo y una invitación a no bajar la guardia. Mantener el ritmo exigirá innovación, coordinación y atención constante a las expectativas del viajero. Si lo logra, Indonesia podrá consolidarse como uno de los grandes referentes del turismo del siglo XXI.