El desglose de las cifras ayuda a entender de dónde procede ese impulso. El gasto de los visitantes internacionales en Europa aumentará un 5,8 %, mientras que el desembolso por motivos de ocio avanzará un 3,1 % y el vinculado a los viajes de negocios lo hará un 4,2 %. Esta última cifra resulta especialmente llamativa, porque confirma que las reuniones presenciales, las ferias y los desplazamientos corporativos han recuperado un papel que durante años se dio por amenazado por las videoconferencias.
La presidenta y consejera delegada del Consejo, Gloria Guevara, advirtió de que la oportunidad no está garantizada. «Las decisiones que se tomen hoy determinarán cuánto de este potencial logra capturar Europa», afirmó ante los asistentes. Crecer no basta, vino a decir, si no se gestiona bien ese crecimiento. Por su parte, el presidente del organismo, Manfredi Lefebvre, subrayó que el encuentro reúne a quienes están dando forma al futuro de la industria.
El programa de la cumbre dedicó un espacio destacado a una de las cuestiones más delicadas del momento: cómo atraer más visitantes sin perjudicar a las comunidades que viven en los destinos. Las protestas vecinales de los últimos veranos en varias ciudades y enclaves costeros europeos han convertido este asunto en una prioridad política, y los organizadores quisieron que se abordara junto a la sostenibilidad ambiental y la accesibilidad para personas con discapacidad. La idea de fondo es que el éxito de un destino ya no se mide únicamente por el número de llegadas, sino por el reparto de sus beneficios y por la calidad de vida de sus residentes.
Entre los ponentes figuraron el ex primer ministro canadiense Justin Trudeau, el comisario europeo de Transporte Sostenible y Turismo, Apostolos Tzitzikostas, y Nick Adams, descrito como el primer enviado presidencial de Estados Unidos para el turismo. La presencia de representantes políticos de primer nivel refleja hasta qué punto el sector ha ganado peso en la agenda institucional, tanto por su contribución al empleo y al producto interior bruto como por su capacidad para proyectar la imagen de un país.
La elección de Malta como sede tampoco resulta casual. El archipiélago es un ejemplo claro de economía muy dependiente de los visitantes, con un territorio pequeño, una densidad de población elevada y una temporada que ya se extiende prácticamente a todo el año. La isla funciona como laboratorio de los dilemas de muchos destinos mediterráneos: infraestructuras al límite y vivienda cada vez más cara.
Para las empresas, el mensaje es doble. Por un lado, las cifras invitan al optimismo y respaldan las inversiones en capacidad hotelera, conectividad aérea y tecnología. Por otro, advierten de que los destinos que descuiden la relación con sus vecinos o el equilibrio ambiental podrían perder competitividad frente a quienes apuesten por un modelo más cuidadoso. El crecimiento previsto, en definitiva, se presenta menos como un cheque en blanco que como una oportunidad condicionada a las decisiones que se adopten en los próximos meses.
Si las previsiones se cumplen, Europa cerrará 2026 reforzada como el principal destino del planeta y como el espacio donde se decidirá, en buena medida, cómo debe ser el turismo de la próxima década.