Japón, Estados Unidos y España encabezan la clasificación, seguidos por Australia, Francia, Alemania, Reino Unido, China, Suiza e Italia. El grupo mantiene a las mismas diez economías que figuraban en los primeros puestos de 2024, aunque cambia su orden. Su fortaleza refleja una combinación de atractivos, conexiones internacionales, infraestructuras y servicios capaces de responder a distintos perfiles de viajeros.
El progreso, sin embargo, alcanza a una mayoría de los destinos analizados. Un total de 101 economías, equivalentes al 92 % de la muestra, mejoraron su puntuación entre 2024 y 2026. Asia-Pacífico registró el mayor avance regional, con un incremento medio del 3,6 %, mientras que Albania destacó como la economía con mayor mejora global, al elevar su resultado un 7 %. La evolución muestra que diversos destinos emergentes están reforzando las condiciones necesarias para competir y transformar el interés de los viajeros en actividad económica.
La expansión de los recursos culturales, las mejoras en conectividad y el desarrollo de servicios turísticos contribuyen a este escenario. También avanza la preparación tecnológica: el 91 % de las economías obtuvo mejores resultados en este ámbito. La digitalización influye en todo el recorrido del visitante, desde la búsqueda inicial hasta las reservas, los pagos y la valoración de la experiencia, mientras la inteligencia artificial amplía las posibilidades de gestión y comercialización.
Junto a estas oportunidades aparecen obstáculos que condicionan el futuro. La competitividad de precios empeoró en tres cuartas partes de las economías evaluadas, en un contexto de encarecimiento de los viajes. Al mismo tiempo, la inversión encuentra dificultades para acompañar el ritmo de la demanda y persisten carencias de personal y competencias. Para las empresas, estas tensiones afectan tanto a la capacidad de prestar un buen servicio como a sus posibilidades de adaptación. Para los destinos, plantean la necesidad de mejorar la relación entre precio, calidad y experiencia.
El diagnóstico sitúa la gestión del crecimiento en el centro de la agenda turística. Ampliar la capacidad de acogida requiere coordinar transportes, alojamiento, servicios e infraestructuras, pero también proteger los recursos que hacen atractivo cada territorio. La confianza de los residentes forma parte de ese equilibrio: la continuidad del desarrollo turístico depende de que las comunidades perciban beneficios y participen de sus oportunidades.
Diversificar la demanda, reducir la concentración de la actividad y fortalecer las capacidades profesionales aparecen como líneas de actuación esenciales. Su aplicación exige colaboración entre administraciones, empresas y responsables de los destinos, con decisiones que conecten la promoción con la planificación territorial y la prestación de servicios. Una mayor visibilidad internacional necesita el respaldo de un destino preparado para cumplir las expectativas que genera.
El índice de 2026 plantea así una reflexión de alcance para el sector: el liderazgo turístico se construye mediante sistemas capaces de funcionar, adaptarse y crear resultados positivos para visitantes, empresas y comunidades. Convertir el crecimiento en prosperidad duradera dependerá de la calidad de esa coordinación y de la capacidad para anticipar las necesidades del territorio.