Carlos Dragonné
Turismo Estratégico. Cuando la anécdota no basta
Carlos Dragonné
Turismo Estratégico. Cuando la anécdota no basta
Carlos Dragonné
Turismo Estratégico. Cuando la anécdota no basta
Durante dos décadas, el turismo comunitario ha sido el camino fácil de los discursos del desarrollo en América Latina. Desde la Declaración de Otavalo (2001) y la de San José sobre turismo rural comunitario (Costa Rica, 2003), agencias de cooperación, ONG y gobiernos lo abrazaron como la fórmula virtuosa: la comunidad recibe al viajero, muestra su cultura y, de paso, se desarrolla. La intención es noble. Los resultados, en cambio, obligan a una revisión honesta y menos romántica. Porque una parte considerable de esas iniciativas fracasó, y conviene entender por qué antes de seguir repitiendo el modelo.
El primer problema es de arquitectura económica, y tiene nombre técnico: fuga. Según estimaciones de la UNCTAD, entre el 40% y el 50% de los ingresos turísticos brutos se escapa de las economías pequeñas en desarrollo; reportes citados por el PNUMA y la OMT elevan la cifra hasta el 70% en Tailandia y el 80% en el Caribe. Análisis recientes de la Travel Foundation sitúan la fuga promedio entre el 50% y el 80% del gasto total del turista.
Se los traduzco en palabras planas: de cada peso que deja el visitante, la mayoría abandona el territorio rumbo a aerolíneas, plataformas de reserva, cadenas hoteleras e insumos importados. La comunidad se queda con la foto y con las migajas, mientras el viajero cree que dejó su parte. El dato más duro lo aporta el turismo de aventura: cuatro viajeros de ese segmento generan lo mismo para la economía local que noventa y seis cruceristas, porque en un caso la cadena reparte y en el otro no. No es el número de turistas lo que enriquece a un pueblo: es cuánto de su gasto se queda y cómo se establece una estrategia de turismo productivo.
Diseño desde la perspectiva equivocada.
El segundo problema es de diseño, y la investigación lo ha documentado franco y sin filtros. Buena parte del turismo comunitario "de arriba hacia abajo" —impulsado por financiamiento externo— colapsó en cuanto se acabó el donante. Una prueba más que el trickle down economics de Reagan no sirve en ninguna industria. Débil capacidad de comercialización, subordinación a mercados lejanos sobre los que la comunidad no tiene incidencia, y una dependencia del apoyo externo que, paradójicamente, erosiona la capacidad propia de las comunidades para sostener la actividad por sí mismas.
Es el abuso de la generación de proyectos. Como decíamos en burla: la proyectitis. Estar creando emprendimientos diseñados para rendir en el informe de un donante, no para competir en un mercado. Las iniciativas que sobrevivieron, según los mismos estudios, fueron las que diversificaron mercados y se apropiaron del negocio; es decir, las que dejaron de ser proyecto para volverse empresa.
Y aquí está el meollo de todo el asunto: hemos fetichizado la anécdota.
Confundimos el turismo comunitario con el momento fotogénico —la clase de cocina, la demostración de la artesana, la ceremonia, el telar— e ignoramos todo lo que lo rodea: el hospedaje, el transporte, la logística, la comercialización, la calidad del servicio, la profesionalización. Ese 90% menos glamoroso de la experiencia es, precisamente, donde vive el dinero y por donde se fuga. Explotar el "elemento anecdotario" y descuidar la cadena de valor completa es garantizar que el visitante se emocione un rato y que su dinero se vaya para siempre. Pero, lo más grave, es garantizar que no regresa porque convertimos la esencia del turismo comunitario en un checklist que apela al turismo frenético y no al turismo responsable.
Existe, además, un segundo modo de fracaso, el que ocurre cuando el producto turístico funciona pero no se pensó como un ecosistema. Entonces llega la gentrificación, o más precisamente la turistificación. La Ciudad de México lo vive de manera absoluta y absurda. En colonias como la Roma y la Condesa las rentas se dispararon más del 100% en pocos años —un departamento que en 2015 costaba 15,000 pesos y hoy ronda los 35,000—, los negocios de barrio desaparecen uno a uno. Incluso se han creado marchas bajo la consigna de que gentrificar no es progresar, sino una forma de despojo. Oaxaca y Mérida empiezan a replicar el patrón. La comunidad que ganó el turismo puede terminar perdiendo su propio barrio. Los dos modos de fracaso —la fuga y el despojo— comparten una misma causa: nadie planeó el sistema completo, y el mercado lo planeó por ellos.
Se trata de complementar para completar.
La respuesta no es abandonar el ideal comunitario. El camino es generar puntales de complementación y fortalecimiento. Eso es, para decirlo de manera muy resumida, el turismo estratégico: pensar la experiencia entera en lugar del instante clave. Analizar de forma integral todo lo que compone el viaje —cocina, artesanía, cultura, ubicación, hospedaje, traslado— y construir alrededor de esa totalidad proyectos de integración comunitaria que incluyan a todos los eslabones. Al productor que abastece al restaurante y al que lo transporta. En el caso del café, por ejemplo, salir de la taza y pensar en quien fermenta el grano quien lo tuesta. Las tejedoras, los guías, las cocineras, los administradores y cuidadores de reserva. Hablamos de “Guardianes Ancestrales” sin sumarlos a la cadena de valor. Esta cadena no es solo un tecnicismo: es una cuestión de justicia y de distribución del modelo de negocio. Porque la cadena de valor es, justamente, valiosa porque abraza a todos y no parte de un modelo en donde hay un elemento externo que decide quién entra y quién queda fuera, quién gana y quién solo posa para la cámara.
Cuando esa cadena se piensa completa y se ancla localmente, la riqueza se concentra en la comunidad. Y una comunidad que retiene su riqueza puede iniciar círculos virtuosos de reinversión —en infraestructura, en profesionalización, en desarrollo comunitario— que la teoría del empoderamiento de Scheyvens describió hace más de dos décadas y que la práctica real sigue posponiendo. Es también la mejor defensa contra el despojo: cuando la tierra, el hospedaje y el negocio pertenecen a la comunidad y no al capital externo, la turistificación pierde su combustible. No se puede expulsar a quien es dueño de la cadena.
El círculo virtuoso más importante no es económico. Es cultural.
Un turismo estratégico bien repartido es el único capaz de mantener vivas las tradiciones, las herencias y las grandes sabidurías ancestrales, porque las vuelve sostén material y no adorno para la comunicación vacía. Si la cocina, el oficio o el rito dan de comer a la comunidad que los guarda, dejan de ser piezas de museo y vuelven a ser oficio vivo. Esa es la apuesta más delicada y más urgente: trascender en los jóvenes la necesidad de preservar lo que para otros es simple anécdota de redes sociales. Que el nieto de la tejedora no vea en el telar un contenido para grabar, sino un futuro que heredar. La sabiduría no se extingue si logramos que alguien encuentre la rentabilidad sin traicionarla.
El turismo que solo cosecha la anécdota es extractivismo con buena iluminación. Es racismo y discriminación económica. La disyuntiva nunca ha sido escoger entre la calidez de la comunidad y el rigor del negocio: la comunidad merece el rigor, y la estrategia no es enemiga de la autenticidad, sino una garantía de supervivencia. Convertir el turismo estratégico en prioridad de la política de desarrollo —y no en un taller de fin de semana financiado por un donante— es, quizá, la diferencia entre pueblos que sobreviven contándose y pueblos que se apagan siendo contados por otros.
Autor: Carlos Dragonné
Sabores de México y el Mundo
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